jueves, 25 de junio de 2009

¿Qué revolución?

Algunos ciudadanos nos estamos haciendo esta pregunta frente a los acontecimientos que se han dado en este Gobierno desde su instalación. Lo interesante es que el Presidente amenaza con radicalizarla en vista de la oposición creciente que está generando y por la crítica que se hace a los actos perpetrados por los personajes oficiales y no oficiales del círculo presidencial.
Pero, hasta ahora, ¿qué es lo que se ha obtenido filosóficamente como resultado de la Revolución? En principio, ni el mismo Presidente sabe de qué revolución es que está hablando, pues el ideólogo de ella, el famoso Dieterich, aún no termina de definir lo que es su Socialismo del Siglo XXI. Sigue, como gallina clueca, cacareando sus ideas dispersas hasta ver qué huevo mismo es el que eclosiona cuando dé a luz su filosofía en forma coherente. Esa tarea será, por cierto, muy difícil, pues décadas han demostrado la falacia del socialismo comunistoide soviético-cubano como doctrina que pueda brindar bienestar a una sociedad contemporánea, a diferencia de los socialismos avanzados exitosos, como los aplicados en Chile y Brasil. ¡Ojalá Dieterich vea esos ejemplos y aprenda algo de ellos!
Pero volviendo a nuestra revolución, ya calificada por algún comentarista como "robolución", lo que nos ha demostrado desde el primer día es que se pretende conculcar las libertades individuales y pisotear la Declaración Universal de los Derechos del Hombre con el fin supuesto, pero no real, de dar mayores derechos al bien común. Toda sociedad justa se basa en que los derechos de un ser tienen su límite donde empiezan los de otro, y que el bienestar del todo tiene prioridad sobre los del individuo. Esas son las claves de la convivencia armónica en cualquier sociedad, sea esta capitalista o socialista. ¿Pero, se practica esto en nuestra "Revolución Ciudadana"? Comenzamos con los Pativideos, que nos mostraron que a los pocos días de iniciado el Gobierno se había armado un sistema de espionaje a los ciudadanos. Luego hemos ido viendo acto tras acto de corrupción oficial, entre los que tenemos la feria de declaraciones de emergencias ficticias, hechas con el objeto de obviar los mecanismos de control financiero y administrativo que debe tener todo gasto público. Luego pasamos por tantos otros actos reñidos con la moral, para los cuales no tenemos suficiente espacio en esta columna y avanzamos al espectáculo del "Dueño del Dueño del Circo", para llegar hoy a las revelaciones de los actos del súper ñaño, muestra de la calidad de moral y ética que se aplica en la "revolución ciudadana".
¿De qué revolución estamos hablando? Hasta ahora lo que tenemos es uno de los Gobiernos más corruptos que recordará la historia, más que muchos de la "larga noche neoliberal". Y también de los más hipócritas, pues mientras se pregona el socialismo para los demás, los hermanitos del Presidente hacen oídos sordos a esas prédicas y más bien ejercen la decadente y capitalista aberración de hacerse ricos y pasearse por Miami, la capital pelucona. ¡Qué revolución más mentirosa!

martes, 23 de junio de 2009

¡Que se aprovechen bonito!

Esa parece ser la tónica real de trasfondo en el asunto del SOAT, pues nuestro Presidente nada dice de funcionarios de su régimen que lo desautorizan y que son participes, con sus actos dilatorios, de uno de los atracos más descarados de los últimos tiempos, que se ha perpetrado contra los ciudadanos ecuatorianos que pagamos el famoso e inflado SOAT.
Ese seguro nació chueco, pues habiendo suficiente estadística sobre accidentes de tránsito, elemento esencial para cualquier seguro, se realizaron cálculos arbitrarios para fijar las tarifas a cobrar, que por cierto hemos visto estaban superinfladas para favorecer a las compañías aseguradoras y sus mecanismos de enriquecimiento vía gastos y reaseguros, aparte de sus utilidades, mientras los demás involucrados en el sistema se las han tenido que arreglar como mejor han podido, unos pagando una prima excesiva, otros recibiendo mal servicio y otros tratando de cobrar.
Cuando se detecta un acto de abuso como el ya claramente establecido con el SOAT, se tiene que rectificar de inmediato y cualquier dilación se convierte en un acto reñido con lo justo y correcto. Que la ley y el reglamento se contradicen… pues antes está el bien y el interés públicos, y teniendo como tiene este Gobierno control total del poder legislativo, bien pueden rectificar de inmediato cualquier ley que esté reñida con lo que sea mejor para los afectados que pagan y reciben el servicio.
La Superintendencia de Bancos continúa actuando como ya nos ha demostrado: En bien y beneficio de los banqueros y aseguradores, mientras se atenta contra los usuarios del sistema al permitirse abusos.
Aún más, se permite la práctica de lucro excesivo, como la multa del 15% mensual por demora en la renovación del seguro. ¡15% mensual – 180% anual! (si no es más, pues parece que aplican interés compuesto y fracción de mes) Eso es usura por donde se lo vea, pero con aval del Gobierno. Y todos son especialistas en lavarse las manos y pasarle la pelotita al vecino, cual buenos Pilatos, con el fin de que el lucro desmedido continúe para los aseguradores y el perjuicio continúe para los usuarios.
Lo que está sucediendo con el SOAT es sintomático de lo que está pasando en todo el país: La corrupción está rampante y es promovida por el mismo Gobierno a través de funcionarios que, o son incompetentes o son beneficiarios de los actos que propician.
Lo triste de todo esto es lo burdo que resultan estos actos reñidos con la moral pública. Esa es la única diferencia entre el pasado y la revolución ciudadana. En el pasado al menos tenían fineza para el lleve, en cambio en la revolución del socialismo del siglo XXI el lleve es descarado, desvergonzado, burdo y hasta tonto, pues los funcionarios responsables se basan en la premisa de que los ciudadanos somos todos idiotas y que no nos vamos a dar cuenta de la forma en que se perjudica a los intereses públicos. Pues sepan que están equivocados. Nos damos perfecta cuenta de lo que hacen, con aval del Gobierno.

viernes, 12 de junio de 2009

Pretender el silencio

Lo dice y demuestra la historia política del mundo: Todo régimen autoritario busca los medios de silenciar a la oposición, sea esta real o imaginada, con el ulterior fin de llegar a ejercer el control total de la sociedad. En algunos casos se aplica la violencia física, en otros se utilizan medios de persuasión indirecta y en otros se cambian las leyes para amordazar a todo el que sea percibido como opositor. Este último método es que se aplica según el manual del socialismo del siglo XXI, pues la experiencia les ha enseñado que los medios violentos o agresivamente disuasivos son rechazados por la comunidad internacional. ¿Qué mejor forma entonces que hacerlo de la manera diplomáticamente aceptable, o sea a través de leyes dadas con aparente legalidad? Esa forma, en las autocracias del siglo XXI como Venezuela, Ecuador y las demás del círculo de la franquicia chavista, es a través de una perversa corrupción de la democracia, secuestrada por el poder electoral manipulado para dar resultados favorables para las propuestas de los actuales beneficiarios del poder público. Esa corrupción se aplica al establecer un poder legislativo subyugado a los intereses políticos del grupo en ejercicio del poder público.
Esto se explica muy fácilmente: Los modernos autócratas del siglo XXI utilizan la democracia para implantar un programa de subyugación ciudadana camuflado con tintes de una revolución social. Todo es bonito mientras el programa se implementa, pero una vez colocadas todas las piezas en su lugar, la máscara se remueve y queda a la luz el lobo que estaba escondido bajo la piel de cordero. Ese es el plan ideal, pero a veces la impaciencia hace que la piel encubridora se corra y se vea ocasionalmente al lobo que está oculto.
Eso es lo que está pasando en Ecuador, ya demasiadas veces para que los incautos ciudadanos permanezcan impávidos ante la realidad palpable. Sin embargo, parece que viendo lo que podemos ver con ya bastante frecuencia, nos esmeramos en negárnoslos y seguir viendo al cordero y no al lobo que está detrás.
¿Y cuál es el fin? El mismo de toda autocracia: Controlar y dominar a todo un país para beneficio político, social y económico del grupo de detenta y a veces ostenta el poder público. Esto no necesariamente implica lucro, pero sí el peor de los males que aquejan a los autócratas: El ansia de poder desmedido. Y por supuesto, si adicionalmente viene el lucro, especialmente para el círculo de sabidos que rodea al idealista que sólo busca poder, ¡bienvenido sea! El afán de callar a los medios de comunicación para lograr el control total del país a través del silencio opositor y el clamor de los obsecuentes solo lleva a la esclavitud ideológica. ¿Queremos eso en Ecuador? ¿Vamos a aceptar ser esclavos de las ideas de un proyecto que ya se prueba fracasado?

jueves, 4 de junio de 2009

El cáncer de las tarjetas

Fue en noviembre del año pasado cuando escribí un artículo denominado “El mal de las tarjetas”. Entre las reacciones que generó estuvo la carta de una de las “yuplís” de la Superintendenta de Bancos, quien me reclamaba airadamente por decir falsedades, pues según ella, la administración de su jefa había controlado la situación del festín de las tarjetas de crédito. El lunes 1° de junio Expreso nos presenta un interesante reportaje que nos indica que la cartera vencida ha crecido un 18% en el último año al mes de marzo, lo que nos deja en blanco abril y mayo. El Universo del día 2 nos dice que el crédito con tarjetas aumentó el 21% en el primer trimestre de este año. Las cifras en crecimiento son claras: El mal controlable se está convirtiendo en un cáncer que bien puede ser mortal para nuestra frágil economía.
Partícipe activo en el mal manejo de las tarjetas de crédito es el Banco Central, que al aumentar las tasas de interés consideró que con ello desalentaría el uso del crédito. ¿Dónde viven esos ilusos? ¿Acaso en el país de las maravillas, con Alicia y su reparto de personajes disparatados? Parece que sí, pues no se dan cuenta que con esa medida lo que están haciendo es más ricos a los banqueros, pues mientras sigan dando crédito, sea con la tasa que sea, los tarjetahabientes las seguirán usando por el simple hecho de que las tarjetas se han convertido en un mal necesario para sobreponerse a las carencias generadas por la situación económica mundial y agravadas por las políticas socializantes de nuestro economista genial. Pocos encuetran alternativa al endeudamiento fácil de las tarjetas y por ello se han convertido, para muchos, en un mal necesario en la desesperación. Todos los usuarios saben bien que lo que están haciendo es cavando un hoyo cada vez mayor. Y lo saben los bancos y emisores de tarjetas, pero continúan con su política de economía suicida, tanto para ellos como para los clientes, alentados por las autoridades ecuatorianas que, unos por ilusos y otros por maliciosos, permiten que el cáncer crezca en vez de cortarlo de raiz y aplicar la medicina necesaria, por más amarga o dolorosa que sea. Y doloroso y amargo es el remedio, pero necesario para una economía sólida.
Los ilusos creen que aumentando las tasas controlarán el crédito. Los maliciosos bien saben que no se lo controlará, que cada día crecerá el endeudamiento de los usuarios y que eventualmente se llegará al punto de quiebra de la economía, que es lo que buscan los socialistas del siglo XXI, pues así se podrá reconstruir la economía dentro del paraíso socialista. Y ese paraíso no incluirá tarjetas de crédito, sino tarjetas de racionamiento, como en Cuba y en partes paradisíacas de la próspera Venezuela.
Nuestras autoridades económicas, tan llenas de contradicciones como repartir los fondos de reserva del IESS para aumentar el consumo, mientras aumentan tasas de interés para desalentar el crédito, están llevando a la economía del país a la ruina. Y los ciudadanos los siguen complacientemente...