viernes, 3 de abril de 2009

Seguros estatales

El SOAT ha estado en discusión los últimos días, pues toca la primera renovación desde que fuera implantado por este Gobierno. El año precedente debía haber servido como experiencia para hacer al servicio los cambios necesarios para que de la mejor cobertura al menor costo posible para los contribuyentes. El ente regulador debía haber presentado un informe claro de costo-beneficio para los ciudadanos afectados y debía haber hecho recomendaciones al Ejecutivo y Legislativo para afinar la legislación pertinente, pero no se ha visto nada parecido. Las cifras han sido reveladas por periodistas investigativos y nos dicen que la cobertura ha sido mediocre, mientras que algunas de las casas de salud que han prestado el servicio a los pacientes se quejan de estar impagas por servicios facturados. Pero lo más revelador que nos han mostrado es que las compañías aseguradoras han hecho su agosto, generando un beneficio totalmente alejado del concepto del seguro contratado.
Eso me ha traido a la memoria lo ocurrido con el “Seguro contra incendios”, implantado hace ya unos 20 años por un gobierno de izquierda. En esa época me tocó estar en la Defensa Civil y ser testigo de como los afectados por incendios no podían cobrar un centavo de ese seguro, pues fue diseñado para perjudicar a los usuarios y beneficiar a la compañía beneficiaria del contrato ...y también a los burócratas que estaban a cargo del seguro en el entonces Ministerio de Bienestar Social.
El encargado de asignar (esa es la palabra correcta, pues los concursos fueron una farsa) el contrato, sobrino de un poderoso ministro de entonces, entró al cargo con una mano por delante y otra por detrás, pero en pocos años dejó el puesto con una fortuna que beneficiará a algunas generaciones de sus descendientes, aparte de que le abrió las puertas del ambiente social de la ciudadela privada en que se compró una mansión, así como del condominio en Salinas donde compró un lujoso apartamento. De “socialista” pasó a “burgués” sin pena alguna. Tal vez fue un castigo de Dios el accidente que le ocurrió mientras gozaba de su dinero mal habido, pues no pudo gozar de él por mucho tiempo. Mientras tanto, su legado continuó en ese ministerio y, hasta donde conozco, fueron muy pocas las víctimas de incendios que pudieron cobrar el seguro, mientras la compañía aseguradora se embolsicaba las primas para beneficio de sus accionistas y de los funcionarios del ministerio. La moraleja de esta historia es que el Estado es un pésimo contratante de seguros. Lo hemos visto con la creación de esa unidad especial en la presidencia. Lo continuamos viendo con las víctimas de incendios que no encuentran consuelo alguno y lo vemos con el SOAT, cuando las casas de salud hacen lo posible por no ingresar a los afectados porque saben que pasarán las de Caín para cobrar los gastos que genere la atención.
Si nuestro Presidente tuviera asesores realmente honestos, le aconsejarían regular y controlar estrictamente el negocio dentro de un marco de servicio, para evitar beneficios inmorales. Pero no, el “lobby” de los aseguradores está bien acomodado en este Gobierno de “manos limpias”.

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